Letras con olor a café, que narran historias de la tierra, con dolor y sangre, impregnadas de vida y esperanza…

¿qué sabemos?

Palabras que vuelan en el aire, buscando su lugar en el tiempo, y el alma donde nidar, mientras el tiempo las madura para dejar su inmortal impronta, para luego, volver a migrar…

En medio de los desastres del mundo moderno

nos encontramos el afán de cada intensión

que busca su propio norte. Pero a pesar de

eso, por momentos, nos detenemos a pensar

sobre la viabilidad de las verdades que

adoptamos como premisas irrefutables, y en

un alto volumen de exhibicionismo,

con la sutil y muy humilde búsqueda de la

aprobación del resto del mundo moderno,

que diría con voz firme y segura que esta todo

bien y en orden. Según el afán de cada

intensión.

Ese es el mundo moderno, todos juntos,

bajo los mismos arquetipos, con los mismos

conceptos, decorados de tecnología y

versatilidad, decorados con el dulce sabor de

la aceptación social,

inmersos en el sincretismo de palabras

bidireccionales, que ni se miran, si siquiera con

el más mínimo gesto de respecto y urbanidad,

porque desde ese entonces, ya muchas de

ellos, venían con el tinte de un ADN medio

descubierto, porque desde allí, solo se sigue

percibiendo un afán, en la intensión, que me

diga que yo, estoy en lo correcto, y que quizás

que el otro, por su afán sus intensiones ya no

son correctas. Eso pienso. Atentamente, la

palabra.